Amor por la causa y amor por la humanidad
Desde el comienzo, el curso insiste en una exigencia que no pertenece al orden de la técnica, sino al de la verdad interior. Quien trabaja por una renovación social y espiritual no puede hacerlo desde la simple habilidad expositiva, ni desde la ambición, ni desde el deseo de tener razón ante otros. Debe comenzar por algo más severo y más fértil: por un amor verdadero a la causa y por un amor lleno de comprensión hacia la humanidad. Estas dos fuerzas no son sentimientos añadidos al contenido; son el suelo desde el que una palabra puede empezar a volverse fecunda.
El amor por la causa impide la indiferencia, la superficialidad, el uso decorativo de las ideas. Obliga a entrar de verdad en la materia, a dejar de hablar desde slogans y a someterse a la seriedad de lo que se quiere servir. Pero si ese amor queda aislado, puede endurecerse, volverse fanatismo o dureza. Por eso el curso lo enlaza de inmediato con el amor por la humanidad: la capacidad de sentir al otro, de percibir sus límites, sus hábitos de pensamiento, sus resistencias y sus necesidades reales.
En esta unión aparece ya una de las intuiciones más altas del libro. La verdad no se comunica bien cuando se la separa de la comprensión del otro. Y la comprensión del otro tampoco basta si, en nombre de esa cercanía, se abandona la sustancia del contenido. Todo el recorrido se desplegará desde este doble movimiento: fidelidad a la causa y fidelidad al ser humano concreto.